lunes, 11 de abril de 2016

Paco de Lucía



En estos momentos en los que las flores comienzan a brillar, los primeros olores de la primavera inundan los campos de nuestros país, el cuerpo pide alegría, pide inspiración, pide renacer del gran pozo del invierno oscuro. Si de la palabra despertar buscamos un sinónimo en el campo musical, encontraremos muchos nombres relevantes, como fueron los grandes de la psicodelia y blues, tan característico de los años 60. Fuera de cables, ruidos extraños en stereo, nos pasamos a las cuerdas de naylon y a los mástiles de 12 trastes con caja de resonancia.

Si hablamos de inspiración, de arte en su estado más puro tenemos que citar al gran maestro entre los maestros, al Dios de la guitarra española, a Francisco Sánchez. Paco de Lucía. Paquito, sí, sí el de Lucía, Lucía "la portuguesa". Decía que se podía pasar los días enteros encerrado con una guitarra a solas. Él y la guitarra, sus dedos, las seis cuerdas y una mente engranando cada una de las conexiones para que cada dedo tocase el traste exacto a velocidad de metrónomo. Tenía que sacar a su familia de los pesares de no tener para comer y siempre acompañado de su guitarra y del flamenco.

El maestro nació en tierra de mar, en Algeciras, hombre libre y soñador (esa expansión del mar, ese poder respirar a fondo). Su mente era un papel en blanco, impoluta como la nacar, en la cual su padre indistintamente, fue escribiendo cada una de las notas que componen las escalas flamencas de la guitarra. De ahí vino que el flamenco le salga por cada poro de su piel de una forma natural, al igual que el hombre respira o el corazón late.

Todo aquel que pasaba por la humilde casa de la familia Sánchez, se preguntaba si era alguna grabación lo que sonaba, y no, era el gran Paco preparándose para ser el que fue, es y será, Él no se daba cuenta pero estaba fraguando sus pilares para ser un buen guitarrista. El mismo citaba que los genios no existen, que hay mucho trabajo detrás de un artista excelente y así lo hizo, pero seguro que sabía que esas manos, esa potencia, esa facilidad no era propia de un guitarrista cualquiera. Solo él había nacido con ello y durante su vida se dedicó a explotarlo. Quería ser cantaor pero no pudo ser debido a su vergüenza y se refugió detrás de una guitarra para hacerla cantar. La mano izquierda es la que busca, la inteligente, la creativa. Luego la derecha es la que ejecuta. 

Nadie ha sido tan perfeccionista como lo fue él. Creía en la perfección absoluta y, por eso, nadie ha llegado a hacer los picados como solo él sabía ejecutar a prueba de metrónomo, nadie lo cuadraba como Paco de Lucía, nadie inventaba como Paco de Lucía. Un día, Sabicas le dijo que tocaba muy bien, pero tenía que crear su propia música. Estas palabras se las tomó al pie de la letra. Su peor enemiga; la guitarra, la cual era muy tosca e indomable, y le rompía la cabeza para encontrar la mejor melodía. Que paradoja, ya que parecía su gran aliada. Muchos podíamos copiar ese concepto de perfección y auto-exigencia de Paco y muchas cosas nos saldrían mejor.


No me imagino una España sin su Entre dos Aguas, sin su Concierto de Aranjuez, sin su Adgio, sin su Malagueña. Al igual que no me la imagino sin el otro genio del flamenco. Amigos y revolucionarios. El gran Camarón de la Isla, el Mesías. Juntas, las dos estrellas del firmamento. Uno quería ser guitarrista y fue cantaor; el otro, quería ser cantaor y terminó como guitarrista. Un explosión artística que jamás veremos de nuevo. Ahora, los dos descansan en paz pero, en verdad, nunca morirán. Es escuchar a Paco tocar o a Camarón cantar y parece el renacer, la vida en sí misma, la primavera colorida y mi mayor orgullo. Los dos amaron lo que hacían, trabajaron mucho a consecuencia de ello y siempre los recordaremos como los dos máximos exponentes del flamenco. Volvemos a renacer con él, con ellos y su arte. Adelante. Llegó la primavera.


"Sentado en un río, en un viejo tronco, vi que un pajarito quería cantar
pero estaba ronco, lloraba de pena. Lloraba de pena y en mis manos le dije:
bebe agüita del río con hojas de menta"


Ricardo Peces Martín

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